Por: Horacio Matus

Antes de entrar en el desarrollo de este tema tan complicado cabe hacer unas observaciones previas, para después dar unas observaciones pastorales:

  • Nos movemos siempre entre dos extremos: el cafarnaitismo, es un realismo craso, excesivo de la presencia real de Cristo en la Eucaristía (carne y sangre) y toma su nombre de Juan 6: – Este discurso, supuestamente pronunciado en la sinagoga de Cafarnaúm (Jn 6), ha dado nombre al llamado “cafarnaitísmo” (tendencia a explicar de una manera demasiado crasa la presencia real de Cristo en la Eucaristía) – y el simbolismo vacío, que hace de la presencia algo “meramente simbólico”, en el fondo acaba negando la presencia real.
  • En este tema más que en otros conviene distinguir bien entre la verdad dogmática de Fe, la doctrina irrenunciable (Cristo presente de manera real en la Eucaristía) y la formulación teológica de esa realidad que puede cambiar con el tiempo (las diversas explicaciones, por ejemplo la transubstanciación).
  • En este tema hablamos de la presencia real de Cristo en los dones del pan y el vino (presencia por antonomasia), pero sabiendo que la presencia no se limita sólo a los dones, no anula las otras presencias (en la palabra, en el ministro, en la comunidad), pero las condensa. El concilio Vaticano II nos dice:

Lea: La Eucaristía como alimento y centro de la vida cristiana

“Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los Sacerdotes, el mismo que entonces se ofreció en la cruz”, sea sobre todo bajo las Especies Eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta Salmos, el mismo que prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt., 18,20). Realmente, en esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Padre Eterno. Con razón, pues, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo Sacerdote y de su cuerpo, que es la Iglesia. Es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia” (S.C 7)

La Eucaristía es el alimento de la vida Cristiana.

Estas consideraciones técnicas nos pueden ayudar a comprender la presencia real de Jesús en la Eucarística y ayudarnos a profundizar con Fe y amor en esta bella presencia.

Observaciones Pastorales

Por eso después de haber leído esas consideraciones técnicas del tema de la presencia real de Jesús en la Eucaristía, les invito a poner el corazón en este misterio de amor y darnos cuenta como nos enseñó Santo Tomás de Aquino: “Es necesario reconocer según la Fe Católica, que todo el Cristo está presente en este Sacramento”. Si Cristo se nos quedo presente, real y verdaderamente en la Eucaristía, te invito hacer una visita al Santísimo de tu Parroquia y piensa en estas tres cosas:

  • “Así como los Discípulos de Emaús reconocieron a Jesús al partir el pan, así también nosotros encontramos al Señor en la Celebración Eucarística.” Por eso deberíamos preparar bien esta fiesta de la Fe, con gran fervor pero también con sobriedad”.
  • Pedirle a la Virgen María que “nos ayude a escuchar con atención la Palabra del Señor y a participar dignamente en la mesa del Sacrificio Eucarístico, para convertirnos en testimonios de la nueva humanidad”.
  • Porque cada encuentro con Jesús, nos cambia la vida, siempre un paso más adelante, un paso más cerca de Dios. Y así cada encuentro con Jesús nos cambia la vida. Siempre, ¡siempre es así!”.

Lea más:Conociendo la liturgia de la Iglesia

Cada encuentro con Jesús nos cambia la vida. También cada encuentro con Jesús nos llena de alegría, aquella alegría interior que nos viene. Y así el Señor hace estas cosas maravillosas. El Señor sabe actuar en nuestro corazón cuando nosotros somos valientes y dejamos aparte nuestro orgullo y lo reconocemos presente en la Eucaristía.

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