La Fe, no en una doctrina, sino en una persona: Jesús de Nazaret. La Fe cristiana para que sea cada vez más convincente en nuestra sociedad, comunidades y hogares, debe estar fundamentada en la relación personal con el Señor. En el primer libro de Samuel encontramos esta expresión: “Samuel no conocía aún al Señor” (1 Samuel 3,7). Hay muchas personas que no conocen al Señor, y muchas de ellas sin cumpla, a lo mejor no tuvieron padres y cristianos que le dieran un testimonio convincente de la Fe en Jesús y su Iglesia.

Un ejemplo de esta falta de Fe en muchas personas se debe a que en los primeros años de su caminar cristiano no contaron con el ejemplo y ayuda de sus padres, una vez que recibieron los primeros sacramentos, se les abandonó a su suerte, sobre todo en la actualidad donde ha crecido una idea de “libertad” tan amplio, que cada uno escoge lo que le gusta, esto incluye la religión: ¿Dónde están los padres y padrinos de ese niño o esa niña que un día recibieron el Bautismo?. Por eso, cuando llegan a joven, la Fe se les hace algo extraño, no encuentran una razón contundente, razonable y convincente para creer.

Durante la Comunión, recibimos el cuerpo y la Sangre de Jesús. Foto: Cortesía / Pixabay.

¿Qué convincente puede ser para un niño o un joven una Fe que solamente se reduce a momentos de costumbres?. Se carece de un contacto vivencial con Jesús en la oración, en la Eucaristía, en el amor al prójimo. Esta Fe no sirve para la vida. Hay una inquietud, un deseo, una curiosidad a la que muchas veces no se sabe responder, y no siempre esa curiosidad es satisfecha de la mejor manera, es aquí donde el ser humano corre el riesgo en no distinguir ente lo bueno y lo malo: ¡No hay buenos maestros!. ¡No hay buenos modelos!.

Los cristianos tienen la gran responsabilidad de ayudar a los demás a escuchar la voz del Señor: ¿Pero cómo hacerlo?. ¡Si nosotros mismos no la escuchamos! nuevamente, en el primer libro de Samuel, encontramos una figura ejemplar, la del gran profeta Elí, que se presenta como aquél que sabe ayudar a los demás a escuchar la voz de Dios, como lo hizo con el joven Samuel: “Ve y acuéstate, y si Él te llama, dirás: ‘Habla, SEÑOR, que tu siervo escucha.’ Y Samuel fue y se acostó en su aposento” (1Samuel 3, 9).

Cada cristiano está llamado a suscitar la Fe en los demás, sin importan cual sea su vocación en la comunidad, lo importante es ayudar a los otros para que tengan este encuentro personal con Jesús, para que así también ellos puedan encontrar cuál es su misión en el mundo, como la encontró el joven Samuel con la ayuda del profeta Elí.

Dios ha puesto a cada cristiano en un lugar especial, para realizar esta misión, puede ser una familia, la escuela, la universidad, el hospital, el mercado, el servicio público, la cancha deportiva, etc., donde se encuentra un cristiano, allí se encuentra su misión: testimoniar la Fe para dar conocer a Jesús. Hay que aprovechar la disponibilidad de aquellos que quieren escuchar la voz de Dios, y que buscan con inquietud la verdad, para hablarles de Dios, principalmente con el testimonio de vida, para eso, se tiene primero que interiorizar la palabra de Dios. Difícilmente podemos hablar de Dios y hablar con Dios, si no existe disposición interior, apertura a la Palabra de Dios.

Hay un primer momento que le corresponde al cristiano hablar de Dios, luego es Dios quien hace el resto; después viene la repuesta personal: la vocación. “El señor se presentó y le llamo como antes: ¡Samuel, Samuel! El respondió: habla que tu siervo escucha” (1Samuel 3,10).

El Papa San Juan Pablo II en su libro “Don y misterio”, relata como algunas personas influyeron en su decisión de hacerse Sacerdote. Con los obreros de las canteras recuerda a Franciszek Labus: “Se dirigía a mí con palabras de este tipo: Karol tú beberías ser Sacerdote”.

También su familia influirá muchísimo, especialmente su padre, recuerda: “La preparación para el sacerdocio, recibida en el seminario, fue de algún modo precedida por la que me ofrecieron mis padres con su vida y su ejemplo en familia. Mi reconocimiento es sobre todo para mi padre, que enviudó muy pronto. No había recibido aún la Primera Comunión cuando perdí a mi madre: apenas tenía 9 años. Por eso, no tengo conciencia clara de la contribución, seguramente grande, que ella dio a mi educación religiosa. Después de su muerte y, a continuación, después de la muerte de mi hermano mayor, quedé solo con mi padre que era un hombre profundamente religioso. Podía observar cotidianamente su vida, que era muy austera. Era militar de profesión y, cuando enviudó, su vida fue de constante oración. Sucedía a veces que me despertaba de noche y encontraba a mi padre arrodillado, igual que lo veía siempre en la iglesia parroquial. Entre nosotros no se hablaba de vocación al sacerdocio, pero su ejemplo fue para mí en cierto modo el primer seminario, una especie de seminario doméstico”.

Una pregunta fundamental que el ser humano se debe hacer es : ¿qué busco en esta Vida?, fama, dinero, éxito, poder. Como dice el libro del Eclesiastés: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad.” (Eclesiastés 1, 2). Para algunos, Dios no interesa más, la sociedad cada vez más quiere apartar a Dios de sus vidas, como la publicidad que portaban hace algunos años algunos autobuses de Inglaterra y España que se leía: “Probablemente Dios no existe, deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Pero, aunque este tipo de publicidad cada vez más es común, incluso en la práctica, lo cierto, es que el ser humano siempre va a tener necesidad de Dios, porque tiene un alma que aspira a la eternidad. Sin Dios, la vida del hombre viene a la ruina. Quien busca a Dios encuentra la felicidad.

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