Autor: Pbro. Horacio Matus

El papa Benedicto XVI convoco en el año 2012 a toda la Iglesia a un Año de la FE, en ocasión de los cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y veinte de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica… Y lo hizo hecho mediante una Carta Apostólica que lleva el titulo La puerta de la fe , inspirado en Hch 14,27, pasaje que narra las visitas de Pablo y Bernabé a las diversas comunidades cristianas de regreso a Antioquía, animándolas «a permanecer firmes en la fe» (Hch 21,2) y resistir así todo tipo de dificultades. El objetivo de la Carta Apostólica es invitar a todo el pueblo de Dios a «redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo».

Pensando en esa carta quisiera animar a todos los lectores a pensar que la fe es don de Dios, pero es también acto profundamente libre y humano. Reflexionar con ustedes sobre esta cuestión es fundamental: ¿qué es la fe? ¿Tiene aún sentido la fe en un mundo donde ciencia y técnica han abierto horizontes hasta hace poco impensables? ¿Qué significa creer hoy? De hecho en nuestro tiempo es necesaria una renovada educación en la fe, que comprenda ciertamente un conocimiento de sus verdades y de los acontecimientos de la salvación, pero que sobre todo nazca de un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo, de amarle, de confiar en Él, de forma que toda la vida esté involucrada en ello.

Con todo, a nuestro alrededor vemos cada día que muchos permanecen indiferentes o rechazan acoger este anuncio. En el camino de creer el rechazo es una posibilidad, pero la apertura del corazón a Dios es infinita y es un terreno fértil, una tierra buena donde la semilla de la palabra da fruto. La fe es una propuesta de salvación, no es una imposición a la fuerza, menos es una fe que se anuncia como un anuncio publicitario. La fe es apertura y acogida a alegre de parte del hombre que es un verdadero “Oyente de la Palabra”.

Al final del Evangelio de Marcos, tenemos palabras duras del Resucitado, que dice: «El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado» (Mc 16, 16), se pierde él mismo.

La posibilidad es doble:

1. La posibilidad de una respuesta positiva al don de la fe, existe.

2. También el riesgo del rechazo del Evangelio, de la no acogida del encuentro vital con Cristo, existe.

Ya san Agustín planteaba este problema en un comentario suyo a la parábola del sembrador: «Nosotros hablamos —decía—, echamos la semilla, esparcimos la semilla. Hay quienes desprecian, quienes reprochan, quienes ridiculizan. Si tememos a estos, ya no tenemos nada que sembrar y el día de la siega nos quedaremos sin cosecha. Por ello venga la semilla de la tierra buena» (Discursos sobre la disciplina cristiana, 13,14: PL 40, 677-678). El rechazo, por lo tanto, no puede desalentarnos.

Como cristianos somos testigos de este terreno fértil: nuestra fe, aún con nuestras limitaciones, muestra que existe la tierra buena, donde la semilla de la Palabra de Dios produce frutos abundantes de justicia, de paz y de amor, de nueva humanidad, de salvación. Y toda la historia con los problemas demuestra también que existe la tierra buena, existe la semilla buena, y da fruto.

La fe es don de Dios, pero es también acto profundamente libre y humano. El Catecismo de la Iglesia católica lo dice con claridad: «Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre» (n. 154). Es más, las implica y exalta en una apuesta de vida que es como un éxodo, salir de uno mismo, de las propias seguridades, de los propios esquemas mentales, para confiarse a la acción de Dios que nos indica su camino para conseguir la verdadera libertad, nuestra identidad humana, la alegría verdadera del corazón, la paz con todos. Creer es fiarse con toda libertad y con alegría del proyecto providencial de Dios sobre la historia, como hizo el patriarca Abrahán, como hizo María de Nazaret. Así pues la fe es un asentimiento con el que nuestra mente y nuestro corazón dicen su «sí» a Dios, confesando que Jesús es el Señor. Y este «sí» transforma la vida, le abre el camino hacia una plenitud de significado, la hace nueva, rica de alegría y de esperanza fiable.

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