“Yo sé en quién he creído” (2 Timoteo 1, 12)

Autor: Pbro. Herling Hernández

Del 11 Octubre de 2012 al 24 de noviembre de 2013, el Papa Benedicto XVI proclamó el año de la Fe. Fue un momento histórico de trascendental importancia para todos los creyentes. En su carta Apostólica «Porta Fidei», el Papa, invitaba a todos a descubrir la belleza de la Fe en su sentido profundo y radical, como lo han vivido hombres y mujeres en la historia de la salvación, escribía el Papa: “«La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida” (Carta Apostólica Porta Fidei, n° 1).

La Fe no puede ser considerada un cúmulo de teorías y doctrinas que se transmiten de cultura a cultura, con el riesgo de quedarse en algo del pasado que no dice nada al presente, y a las nuevas generaciones, o quedarse simplemente en meras narraciones sin ninguna valides para los tiempos modernos. La Fe se dirige a una persona en la que se pone toda la confianza, en Jesucristo el Hijo de Dios vivo, por eso decía el Papa Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano, nos recordará el Papa Benedicto XV en su encíclica Deus caritas est, por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est, 1).

Es precisamente esta fe, vivida y experimentada en lo personal y encarnada en la historia por la comunidad de creyentes, la que suscita en todos, una renovación profunda capaz de transformar la vida y los acontecimientos de la historia universal, porque “Cristo no es un individuo del pasado lejano, sino que ha creado un camino de luz que invade la historia” (Del Libro del papa Benedicto XVI, “Nadar contra corriente”).

La experiencia de un Dios personal y trinitario que entra en la historia humana, ha quedado testimoniada en las Sagradas Escrituras en hombres y mujeres de fe como Abraham que creyó en Dios (cf. Gál 3,6) y a quien san Pablo llama el «Padre de todos los creyentes» (Carta a los Romanos 4, 11); en María, «que con su consentimiento coopera de modo decisivo a la entrada del Eterno en el tiempo» (Benedicto XVI, Verbum Domini n° 27); y, finalmente, una fe que se manifiesta y actualiza de manera particular «en el nosotros de la Iglesia» (Benedicto XVI, Verbum Domini n° 4).

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