Autor: Pbro. Horacio Matus

Una de las dimensiones más importante de la vida del hombre en su existencia terrena es la interrogante sobre la existencia de Dios. Desde el origen de la humanidad, la inteligencia humana, ha enfrentado y confrontado su existencia con la existencia de Dios. Desde el desarrollo del pensamiento, el hombre a creído en un ser supremo que da sentido a la vida y que proporciona orden a todas las cosas.

Ludwig Feuerbach en su obra la esencia del cristianismo, dice que la “la religión es la conciencia del infinito”. Aunque la postura de este filósofo alemán de gran influencia en la filosofía contemporánea, es objeto de debate sobre la verdadera religión, ha planteado la necesidad que todo hombre tiene de creer.

Creer no es un objeto de la ciencia empírica, es decir basado en el método experimental, pero esto no significa que puede dejar por fuera la razón, ya que con la razón el hombre inteligente sabe encontrar aquellas verdades, que como solían decir los antiguos pensadores, son de “sentido común” (communi sensu), y una de esas verdades que se conocen por la razón natural, es la existencia de Dios. Pero aquí no estamos hablando de un dios creado a “imagen y semejanza del hombre”; inventado por su conciencia, Feuerbach decía que “el ser absoluto, el Dios del hombre, es su propia esencia”, sino de un ser que atrae a la razón como un fin al que tienden todas las criaturas, este Dios a quien Aristóteles en su obra Metafísica llama el “Ipsum esse”, el Ser en sí mismo, que no necesita de nada para existir.

Leamos lo que dice el filósofo Aristóteles: “Si Dios goza eternamente de esta felicidad, que nosotros solo conocemos por instantes, es digno de nuestra admiración, y más digno aún si su felicidad es mayor. Y su felicidad es mayor seguramente. La vida reside en él, porque la acción de la inteligencia es una vida, y Dios es la actualidad misma de la inteligencia; esta actualidad tomada en sí, tal es su vida perfecta y eterna. Y así decimos que Dios es un animal eterno, perfecto. La vida y la duración continua y eterna pertenecen, por tanto, a Dios, porque esto mismo es Dios” (Aristóteles Metafísica · libro duodécimo · Λ · 1069a-1076a).

Creer en Dios no es solo una necesidad natural, que reafirma la inteligencia de las cosas, sino una búsqueda que da sentido a la existencia, porque Dios es la perfección y la belleza que da luz y sentido a la vida y a las decisiones humanas. Por supuesto, no se trata de un dios intelectual, sino personal, en tanto que se revela y se expresa en comunión y diálogo, pero que presupone la naturaleza racional, porque solo desde este conocimiento-relación es que se puede amar al creador. Como decía el Papa Benedicto XVI a los hombres de cultura: “La búsqueda de Dios requiere, pues, por intrínseca exigencia una cultura de la palabra o, como dice Jean Leclercq: en el monaquismo occidental, escatología y gramática están interiormente vinculadas una con la otra” (Encuentro con el mundo de la cultura en el  collège des bernardins, Viernes 12 de septiembre de 2008).

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