Hace un siglo Chesterton denunciaba que el mundo se había llenado de virtudes cristianas que se habían vuelto locas. Entiéndase aquí la locura como algo fuera de lugar, descolocado o, mejor, dislocado. Hay «virtudes» que se les ha cambiado de lugar. Si echamos un vistazo, quizás nunca en la historia se había tenido tanta conciencia de ayuda a los demás, de derechos humanos, de cuidado del medio ambiente, de no maltratar a los animales, etc. Todo muy bueno.

Hoy se tienen excelentes ideales, estupendas iniciativas, acuerdo con las mejores causas… pero que las realice otro. Yo estoy de acuerdo, pero no me quiero manchar las manos. Que mejore el mundo… mientras yo lo veo desde mi sofá. ¡¿Qué no para eso está el gobierno?! ¡Para eso pago mis impuestos! Que lo hagan los demás… Las virtudes parecen volverse locas.

Todos hablamos de un cambio, de un rumbo mejor, pero no queremos comprometernos para irlo forjando cotidianamente. Esperamos que venga una especie de «redentor» que nos solucione la economía, para que yo no tenga que estar ahorrando; un presidente que acabe con la violencia, pero yo no dejo de insultar y agredir; un gobernador que acabe con la corrupción, pero yo sigo dando «mordidas» en la medida de lo posible; un presidente municipal que arregle mi ciudad, pero yo sigo tirando basura. Un Dios que me ayude, sin ayudarme yo mismo.

Me gustan las virtudes, pero en los demás. En efecto, se han vuelto locas. Y el problema es que esto mismo vamos transmitiendo a las siguientes generaciones. Los niños imitan muy bien las groserías de los papás… y éstos se ríen. ¡Bonito ejemplo! No se extrañen que después, de adultos, falten el respeto a cualquier persona. Y entonces será muy difícil hacerlos cambiar. Se les va consintiendo todo, para que estén tranquilitos y «no molesten», haciéndoles parecer que las cosas se pueden ganar sin esfuerzo, acostumbrándolos a tener sin hacer.

Se quiere lo bueno, pero no lo andamos haciendo tan bien. Las virtudes se han vuelto locas. Nuestros corazones, en vez de ser de carne, palpitantes y comprometidos, se van convirtiendo en «corazones amonedados»: corazones, cierto, que buscan lo bueno, pero amonedados, porque se conforman con soluciones inmediatas, a corto plazo, especialmente si hay «monedas» de por medio.

Hay que darle un vuelco a esa realidad comenzando por uno mismo y por pequeñas acciones y causas. Hay que cuidar nuestro corazón en un mundo descorazonado.

En el Evangelio leemos: «Donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón» (Mt 6,21). ¿Dónde está nuestro tesoro? Quizás en nuestro teléfono celular, en nuestro carro, en nuestros bienes materiales. O, quizás, en una botella de alcohol, en las drogas u otros vicios. Puede ser que en un equipo de fútbol o en el dinero. Corazones amonedados. No. Hay que redimirnos de ese reino material de las riquezas, de lo inmediato, para poner nuestra esperanza en lo que dura para siempre, sin descartar, claro está, lo que necesito para vivir dignamente.

Hay que redimirnos incluso a pesar de nosotros mismos. Porque para mí lo más cómodo es que los demás se encarguen: así no me tengo que levantar temprano, no tengo que comprometerme con nada, no tengo que voltear mi rostro hacia los más necesitados. Y nos quedamos en la mediocridad. A este propósito Martin Luther King decía que no le preocupaba tanto la gente mala, sino el espantoso silencio de la gente buena.

Hay que volver a cargar esas virtudes cristianas de valor y cordura. Hay que arrancar de nuestros cuerpos el corazón de piedra y modelar un corazón de carne (cf. Ez 36,26). Y seamos sinceros: no se nos pide más de lo que no seamos capaces de dar. Se nos pide humanidad. No se me piden cosas divinas -no soy Dios-, pero tampoco cosas brutales -no soy una bestia-. Se me pide que sea «humano». Ni más ni menos. Y léase como sinónimo de bondad, cercanía, compromiso, misericordia, amor.

Que mi tesoro esté en mi familia, donde predico con el ejemplo y educo con valores y responsabilidad. Que mi tesoro esté en la humanidad, vista con esperanza, no como mano de obra u objeto de desprecio. Que mi tesoro esté en Dios, porque Él me colma en mi propia plenitud.

Dejemos nuestros corazones amonedados, ricos o pobres, y comprometámonos desde las acciones sencillas. Don Miguel Unamuno decía, comentando el libro de Don Quijote de la Mancha, que «Don Quijote sabía que no hay más que una sola cuestión, para todos la misma, y que lo que redima de su pobreza al pobre, redimirá, a la vez, de su riqueza al rico». ¡Mal haya los remedios de ocasión!

Pongamos cada cosa en su lugar. Dejemos de hacer que las virtudes cristianas se vuelvan locas. Demos «al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mc 12,17), sabiendo que la imagen del César se encontraba en las monedas y por eso había que darle las monedas, mientras que el ser humano es la misma «imagen y semejanza de Dios», por lo tanto, hay que dárselo a Dios. Lo material a lo material. Lo espiritual a lo espiritual. No hay que «echarles las perlas a los cerdos» (Mt 7,6).

Que la virtud sea virtud y me mueva a hacer el bien desde pequeñas dosis cotidianas a Dios.

Autor: Pbro. Horacio Matus

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