Autor: Pbro. Herling Hernández

La Biblia es el conjunto de libros en los que se contiene el testimonio sobre la revelación de Dios. Es muy importante insistir en el hecho de que la Escritura no es la revelación de Dios sino su testigo.

La Revelación es un acontecimiento histórico-salvífico que pone en relación a Dios con el hombre y que alcanza su plenitud en Jesús, el Cristo. Es Jesús la revelación de lo que es Dios para los hombres y de lo que el hombre debe ser para Dios.

La Teología de la revelación nos habla de un Dios que continuamente quiere entrar en relación con la humanidad, un Dios que se manifiesta presente en la historia a través de hechos y palabras; y que quiere ser conocido aunque nos parezca en ocasiones, y en realidad lo sea, un Dios oculto.

La Biblia es el libro más antiguo de la tierra. Foto: Cortesía.

Estas experiencias incesantes de comunicación entre la humanidad y la divinidad, tienen unas coordenadas espacio-temporales privilegiadas que han sido recogidas por “escrito” gracias a la labor de una “comunidad singular”. Esta labor ha quedado plasmada en la “Biblia”. A partir de ella se genera un movimiento creativo de continua evolución e iluminación de esa relación Dios-hombre. Nos referimos a la Tradición, la cual por su continua referencia al texto considerado sagrado, se constituye en una tarea constante de “interpretación”.

Aunque la Biblia puede leerse desde varios ángulos de la comprensión humana, lo cierto es que, el intento programático se dirige de modo específico al examen de la biblia en su más amplia realidad de obra divino – humana, es decir, como palabra de Dios, manifestada a la humanidad en y a través de hombres inspirados, y dejada a la custodia, transmisión e interpretación de la Iglesia de Cristo.

Es, por esta razón, que el Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática Dei verbum, afirma: “Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina” (DV n° 2).

Desde el punto de vista metodológico, el estudio de la Biblia, no se puede desligar de su componente humano y divino, presente en la composición de los textos sagrados y expuestos de manera histórico-salvífico por quienes tuvieron la inspiración de poner por escrito los contenidos revelados.

La Biblia no puede ser estudia desde una perspectiva meramente positiva, como si se tratara de un libro de ciencias, la Biblia transmite una palabra viva que está en estrecha relación con el misterio de la revelación de Dios a los hombres y dirigida a la salvación eterna, todos los problemas que la ciencia bíblica debe afrontar – el origen divino – humano de los libros bíblicos, su índole de palabra de Dios, su contenido salvífico, su fin y eficacia sobrenaturales, el elenco de los libros que la constituye, la transmisión del texto a lo largo de los siglos, su interpretación, etc. – se presentan como verdaderos temas teológicos, que el estudioso debe analizar con conciencia crítica, una fe discursiva, y en la amplia perspectiva de las dimensiones propias del que hacer teológico, que como tal, debe permanecer atento a los problemas antropológicos, religiosos, ecuménicos, y sobre todo, eclesiales y pastorales.

En este sentido, el Concilio Vaticano II, en su afán por volver a las fuentes bíblicas, ha destacado la importancia del estudio de la biblia en la vida de toda la Iglesia, especialmente en la formación y espiritualidad cristiana y en el compromiso que de ésta se desprende en la vida del cristiano, razón por la cual, toda la teología se debe nutrir de la palabra de Dios para que sea verdaderamente comunicación del misterio salvífico. El Concilio afirma: “Las Sagradas Escrituras contienen la palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad la palabra de Dios; por consiguiente, el estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la Sagrada Teología” (DV n° 24).

Toda esta dinámica caracteriza a la Biblia como un “misterio”, como una síntesis de claridad y oscuridad, como una realidad que es objeto de estudio profano y de fe.

Para leer la Biblia se debe establecer un continuo diálogo con otras culturas y religiones, ya que no es imprescindible la fe para: estudiar el ambiente cultural que produjo la Biblia, las diversas lenguas y su evolución tal y como aparece en los textos, las diversas formas literarias, el problema de los manuscritos y la trasmisión del texto, etc.

Pero, es importante tener claro que la lectura de la Biblia como su estudio, debe partir de un hecho concreto y vivo, como es la fe revelada y encardada, que posibilita este diálogo con todas las culturas y la inculturación misma de la fe.

En la exhortación postsinodal Verbum Domini del Papa Benedicto XVI, se presenta a Dios en dialogo amoroso con el hombre, que posibilita la comunión de lo eterno con lo temporal, lo divino con lo humano, en la persona del verbo encarnado: “La novedad de la revelación bíblica consiste en que Dios se da a conocer en el diálogo que desea tener con nosotros… El enigma de la condición humana se esclarece definitivamente a la luz de la revelación realizada por el Verbo divino” (VD n° 6).

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